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    Líder del Consejo Cultural Social de Inmigrantes acusa estafa a extranjeros que viajan a Chile

    Judith Urbano arribó hace veinte años nuestro país y hoy intenta evitar que otros extranjeros vivan lo mismo que ella al llegar a Chile. Pagó 5 mil por un café, y dice que hoy muchos llegan ilusionados con un contrato que nunca existe.

    Durante su primera noche en Santiago, la estafaron. Así, de entradita, como dice el dicho. El clásico vaso de plumavit con café le costó cerca de cinco mil pesos. Y eso, hace veinte años atrás, cuando arribó en el helado mes de junio de 1997.

    Judith Urbano venía de Perú en busca de mejores oportunidades para ella y su pequeña hija, que la esperó en el país vecino durante varios meses, hasta que pudo traérsela.

    No tuvo a quién recurrir para conseguir un lugar digno donde pasar esa primera noche –la plaza fue su albergue temporal- ni tampoco cuando, ya más instalada, sufrió maltrato físico y humillaciones por parte de sus jefes, al comenzar a desempeñarse como asesora del hogar, pese a que traía estudios en educación preescolar. Nunca pudo convalidar esos estudios, pues el costo de la homologación estaba sencillamente fuera de su alcance.

    Hoy Judith es socia fundadora del Consejo Cultural Social de Inmigrantes en la V Región, una asociación que agrupa alrededor de 175 extranjeros de distintas partes del mundo. A través del apoyo de varias universidades, ellos reciben asesorías para que su estadía en Chile sea más grata y, sobre todo, para que sus derechos no sean transgredidos.

    Revisa acá el programa con la entrevista completa o lee lo que escribió La Estrella de Valparaíso sobre sus palabras.

    La agrupación lleva casi un año funcionando, pero hace bastante tiempo que Judith trabaja solidariamente con otros inmigrantes, a través de la Parroquia Inmaculada Corazón de María, en Santiago. Esa fue la ciudad a la que arribó, pero que luego abandonó para trasladarse a Viña del Mar. Durante muchos años ha estado ayudando a mujeres que, como ella, llegaron solas a nuestro país y que muchas veces no contaban con las experticias para poder trabajar de manera adecuada. “Había gente del campo tan tímida que incluso tenía miedo a presionar un microondas”, relata al espacio Región F. Y recuerda que ella misma no sabía lo que era una aspiradora, hasta que llegó a Chile.

    Pero más allá de lo práctico, la vulneración de los derechos laborales es lo que más preocupa a Judith: “Nos estafan. Esa es la palabra. Acá nos estafan porque a veces hay unas cláusulas de contratos que no corresponden”, dice con indignación.

    Con esa misma dureza evalúa el proyecto de ley que el gobierno de Michelle Bachelet presentó con el objeto de mejorar la situación de los inmigrantes: “No dice nada bueno”, dice derechamente, porque para ella faltó diálogo con la comunidad de extranjeros que viven en Chile, pues “no los invitaron” a discutir la nueva regulación.

    “Se habla de derecho a la educación, a la salud, pero cuando uno va a un centro asistencial, si no tienes un carnet de identidad, por más que estés en un riesgo importante, te hacen a un lado. Y si pasas, pasas como un NN”, relata.

    Sin bien reconoce que económicamente Chile resulta un destino bastante atractivo, es clara en denunciar que muchos de los inmigrantes viajan timados: “Un amigo haitiano, con el que conversaba hace un par de días, decía que él se vino engañado. A él le ofrecieron un trabajo, a él le ofrecieron una mejor vida, un contrato. Eso nunca pasó. Le mintieron”, recuerda con amargura. Pero no fue el único: “Así como a mi amigo, engañaron a 20 personas más”.

    Según explica, esto se agudiza aún más por las barreras idiomáticas, no solo entre el dialecto peruano y el chileno, sino que especialmente para “los hermanos haitianos”, como ella los llama, quienes tienen serios problemas para comunicarse efectivamente. Por eso, los isleños pertenecientes a su asociación reciben clases de español todos los sábados en la parroquia. “El hermano haitiano a veces nos mira y nos observa… Cuánto quisiera expresarnos, tal vez sus dolencias, sus alegrías. Y no nos podemos entender”, menciona con tristeza.

    A raíz del crecimiento del número de inmigrantes en nuestro país, Judith está consciente del rechazo que esto causa en gran parte de la población. “Nosotros no quitamos trabajo. Nosotros también somos seres humanos, tenemos derecho. Tenemos un nombre”, dice, respondiendo así a una de las críticas más típicas que se les hace en Chile y que -a su juicio- los hace ver como “una carga. Nosotros no somos una carga. Yo, personalmente, cumplo con las leyes chilenas. Así como yo, hay muchos inmigrantes, que votamos para elecciones presidenciales, para los senadores, diputados y también salimos a censar”.

    El chileno es desconfiado, asegura, pero también señala que es muy solidario cuando el inmigrante logra ganarse su confianza. Y es que, pese a la poca tolerancia que existe en algunos chilenos, Judith rescata la solidaridad de nuestro país y que eso, al final del día, la motiva a quedarse: “Cuando hay algún desastre sísmico, algún desastre de la naturaleza, qué rápido se paran… Y eso nos lleva, nos emociona a nosotros como inmigrantes, porque de repente en nuestros países no se ve eso”.

    Para anular esa desconfianza o discriminación, Judith sostiene que hace falta erradicar la ignorancia, educar a la población, “no solo a los chilenos, porque la inmigración está en todo el mundo. A veces creo que la ignorancia es mucho más fuerte que la virtud principal o fundamental que un ser humano debe tener, que es el respeto”.

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