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"Las Voces de Jenny": Lee el reportaje del Mercurio de Antofagasta nominado al Premio de Periodismo de Excelencia

La crónica periodística “Las voces de Jenny”, escrito por el periodista Matías Concha,narra la historia de Jenny Aguilar López, que comienza 14 años antes del consumo de pasta base, el abuso, los golpes y la esquizofrenia. Cuando en la estación de trenes en Tupiza, al sureste de Bolivia, despidió a su hermana mayor, Carmen, quien se dirigía a Venezuela escapando de la pobreza.

La historia de Jenny Aguilar López, 26 años, comienza 14 años antes del consumo de pasta base, el abuso, los golpes y la esquizofrenia. Cuando en la estación de trenes en Tupiza, al sureste de Bolivia, despidió a su hermana mayor, Carmen, quien se dirigía a Venezuela escapando de la pobreza. “No me abandones”, gritó Jenny, tenía 12 años. “¿Me llevarías contigo?”, volvió preguntar. “No puedo”, respondió su hermana, Carmen. Entonces le explicó: “Lo siento mucho, Jenny, no puedes venir conmigo. Aún eres muy pequeña”. La niña se inclinó, se secó los ojos y con la cabeza gacha, asintió: “Está bien”.

Carmen Aguilar, de 32 años, boliviana, asegura que después de su partida a Venezuela, se iniciaría un declive en la vida de su hermana pequeña, Jenny. Una joven que hoy vive en situación de calle en Calama. Quienes la han visto deambular cerca de la Catedral San Juan Bautista, en pleno centro, afirman haberla observado discutir con personas invisibles, aislada del mundo que la rodea. “Un hombre me persigue”, es lo que ella repite. Su hermana mayor, angustiada, revela: “Nunca debí haberla dejado. Yo pensé que quedaría en buenas manos”.

Más de una década después, en Calama, Jenny es una mujer de cuerpo frágil, cuyos brazos y piernas cuelgan como si fueran hilos. No tiene relación con su familia, vive en la calle, consume pasta base y un grave trastorno siquiátrico la tiene viviendo en el delirio.

En febrero pasado, una ex compañera del Liceo Radomiro Tomic, donde estudió hasta segundo medio, se la topó camino al centro de Calama. “Cuando me vio se fue corriendo, quizás le dio vergüenza que yo la viera en ese estado”, asegura su ex compañera, quien prefiere no revelar su identidad. Días después, se reunió con una de las hermanas de Jenny, Lilian, que le dijo: “Qué vergüenza ver que mi hermana esté en la calle”.

-También me contó que hace años, Jenny la persiguió por toda la casa con un cuchillo. “Te voy a matar”. Por suerte llegó la mamá, pero la Jenny ya no se acordaba de nada, había borrado todo de su cabeza. No sé qué más habrá vivido esa familia, pero la Jenny que yo conocí en el liceo era diferente.

UN HOMBRE ME PERSIQUE

Un día, Jenny le pidió a su padre a gritos que no la matase. Él era un hombre violento, especialmente con Jenny, quien a pesar de tener seis años, era la única que lo enfrentaba “Papá, detente, me duele”, le decía, pero él nunca se detuvo. La castigaba con baños de agua fría, la azotaba con el cinturón, la amenazaba: “Cállate, gritas mucho, lloras mucho, pareces un animal”.

-Mi papá era una persona enferma, alcohólica –cuenta–. Cuando él llegaba alcoholizado también hacía pedazos a mi mamá, pero lo peor siempre se lo llevó la Jenny, que le respondía.

Petrona López (58) tiene siete hijas, Jenny es la del medio. El padre nunca fue una figura presente, cuando Jenny tenía 6 años, abandonó a la familia. Antes de separarse, incluso las amenazó de muerte. “Él rondaba la casa, nos espiaba, a mí no me dejaba trabajar, ninguna de las niñas podía salir tranquila”, recuerda la mamá de Jenny.

-Él tenía problemas psiquiátricos – asegura Carmen Aguilar- pero nunca se quiso tratar, también escuchaba voces, estaba trastornado.

En mayo de 2005, Jenny, de 11 años, iba camino al colegio Antofagasta en Tupiza, provincia de Sud Chichas, Bolivia. Como siempre, la acompañaba Dayana Felipez, compañera de escuela. “Escucho una voz”, le dijo Jenny. “¿De qué estás hablando?”, respondió su amiga. Entonces, Jenny le reveló: “Es una voz que me molesta”.

-Nunca entendí mucho–explica Dayana- es que éramos niñas y pensé que me estaba molestando. Hasta entonces la Jenny era súper alegre, le gustaba pintar, también se divertía molestando al profesor de matemáticas, le tiraba papelitos. Ella era así, como traviesa.

Ese mismo año, la madre de Jenny, Petrona, viajó a Chile escapando de las amenazas de su esposo. Necesitaba urgente generar ingresos para la familia. Jenny y sus hermanas quedaron al cuidado de una tía, en Bolivia. “Cuando llegué a Calama comencé a trabajar como ayudante de cocina en un restorán, no paraba en todo el día, también trabajaba de noche lavando platos. Ganaba el mínimo, como 140 mil pesos, todo se los mandaba a mis niñas. No me quedaba con nada para mí. La comida, por ejemplo, me la daban en el restorán”, recuerda.

Según su madre, Jenny nunca logró comprender su partida, sintió que la habían abandonado. “No fue fácil, tuve que sacarlas adelante sin ayuda de nadie y las quise tener siempre cerca, pero no podía. Fue una época triste. Ella estaba muy mal también; uno cree que porque era niña no entendía, pero nunca volvió a ser la misma”, reflexiona Petrona López.

Al poco tiempo, su hermana mayor, Carmen Aguilar, que hacía el rol de madre, se iría de su lado. Ella nos cuenta que en una ocasión, hablando por teléfono, Jenny le reclamó su partida: “No te metas más en mi vida. Tú te fuiste. Ahora ya no me conoces”.

-Yo la iba a dejar a la escuela de la mano. Imagina lo apegadas que éramos. Pero usted tiene que entender, tuve que partir para poder estudiar algo, éramos muy pobres.

Cuatro años después, Carmen volvió a Bolivia para visitar a sus hermanas. Jenny se había convertido en una quinceañera lejana, solitaria y desconfiada. En la única conversación que mantuvieron, Jenny le confesó, entre sollozos: “No quiero crecer, quiero ser niña, lo único que quiero es seguir siendo una niña”.

“Cuando me hablaba, sus ojos estaban perdidos, no enfocaba”, dice Carmen. Suspira y después de una pausa, continúa: “Poco tiempo después, comenzaron los gritos desaforados. Fue tanto que una de mis hermanas, espantada, la grabó hablando sola: “Un hombre me persigue”, repetía.

Cuando la convivencia se tornó insostenible, decidieron internar a Jenny en el Instituto Psiquiátrico en Sucre, Bolivia. Ahí recibió su primer diagnóstico: esquizofrenia. “El siquiatra que la trató nos preguntó si Jenny había sufrido algún tipo de abuso sexual, nosotras no supimos qué responder”, confiesa Carmen.

DÓNDE ESTÁ MI HIJO

El 11 de junio de 2012, Jenny obtuvo su certificado de permanencia definitiva en Calama. Tenía 18, pero ya llevaba cinco años viviendo en la ciudad minera. Su madre, Petrona, cuenta que a su llegada, Jenny la abrazó con fuerza y le dijo: “Mamita, nunca más me dejes”. Con 13 años, Jenny ingresó al Liceo Eleuterio Ramírez Molina de Calama, pero no logró adaptarse. No existen registros de su paso por la escuela, ningún compañero de curso recuerda haber compartido con ella. Un año después, entró al Liceo Radomiro Tomic. Su madre repasa esa época con angustia. “Una tarde explotó y me dijo que nadie la quería en ese colegio. Me gritó: “Mamá, me dicen gorda, fea, chueca”.

Los profesores la describen como una alumna de carácter introvertido, difícil de llevar. Sus compañeros dicen que nunca hablaba con nadie. “Era rara, nadie la pescaba, tampoco era aplicada, siempre estaba sentada con su mochila en el patio mirando a la gente, sin decir nada”, comenta una ex compañera del liceo, Emily Nadir.

En un recreo, un grupo de estudiantes mandó a Jenny a comprar marihuana. “El trato que le pusieron fue que si compraba los pitos, aceptarían que fuera parte del grupo. Ella partió corriendo, se escapó del liceo para ir comprarlos”, revela Emily.

“Jenny comenzó a perderse por semanas”, dice su madre. A los 14, comenzó a consumir alcohol, marihuana y pronto se iniciaría en la pasta base. Repitió dos años consecutivos y dejó de ir a la escuela en segundo medio. No volvería a estudiar en ningún otro colegio. “Yo era papá y mamá, tenía dos trabajos, no tenía cómo estar con ella, aún me culpo por eso”, se lamenta Petrona. El consumo de solventes y drogas fuertes transformaban a su hija en otra persona: “Me comenzó a dar miedo, se ponía agresiva, yo le llevaba comida, ropa, pero ella me insultaba, me gritaba, pero en otros momentos me abrazaba y les decía a los hombres con los que andaba: ´Esta es mi mamita, nadie le pude hacer nada´”

Son las 4 de la madrugada y suena el teléfono. Petrona responde y teme lo peor; su hija Jenny está perdida desde hace dos meses. “¿Ubico a la familia de Jenny Aguilar López?”, pregunta un desconocido. “Sí, dígame qué paso”, responde Petrona. Entonces le revelan: “Lo siento mucho, acabamos de encontrar a su hija tirada en las vías del tren, está muy herida, pero el bebé que espera está bien”.

Así se enteró que Jenny tenía pocos meses de embarazo. Policías que patrullaban el desierto en Uyuni, Bolivia, la habían encontrado a un costado de las vías del ferrocarril, ensangrentada. Aún no se explican cómo viajó hasta ese lugar. Cuando despertó, ella no dijo absolutamente nada, tampoco contó nunca quién es el padre del niño, guardó silencio todo el camino de vuelta a Chile.

Su hijo nació el 22 de diciembre de 2016, en el hospital Carlos Cisternas de Calama. Después del parto, Jenny, quien había estado en la casa de su madre los últimos días del embarazo, experimentó un episodio de abstinencia, marcado por una sensación de incapacidad para cuidar a su hijo. “No quiero verlo”, le dijo a una de sus hermanas mayores, Lurdes Aguilar.

El niño estuvo esperando casi un mes en el hospital. Después de ocho audiencias en el Juzgado de Familia de Calama, se dictaminó que su hijo debía ingresar a un proceso de adopción. Nadie de la familia Aguilar fue considerado apto para hacerse cargo de la criatura.

VOCES EN LA CALLE

Es domingo, Jenny Aguilar espera a los feligreses a la salida de la Catedral San Juan Bautista, en Calama. Tiene 23 años, vive en un colchón con un hombre 30 años mayor que ella. Luego resuelve entrar a la parroquia, todos la miran espantados. Grita: “Denme una moneda, no sean cagados”.

Con el apoyo del municipio de Calama, Jenny había sido internada tres veces en el Hospital de Antofagasta. Pero a las dos semanas de tratamiento, después de ser compensada, volvía a la calle, no tenían cómo retenerla. “Sus preocupaciones eran el temor de ser abandonada por su madre y el haber perdido a su hijo”, explica Verónica Sánchez (43), la sicóloga que trató a Jenny cuando estuvo hospitalizada en el Hospital de Salud Mental Carlos Cisternas, en Calama. “Lo que Jenny de verdad requiere es una hospitalización prolongada de cuidados intensivos de salud mental, luego debería ingresar a una residencia protegida a fin de continuar su rehabilitación en un contexto comunitario”.

En marzo de 2020, la gobernadora de El Loa, María Bernarda Jopia, inició una mesa que incluyó a Hogar de Cristo y otras organizaciones, para ver cómo sacar a Jenny de las calles. “Ella requiere de un centro médico integral, pero en Antofagasta no contamos con ese dispositivo, esa es la verdad, por eso estamos viendo la posibilidad de cambiarla de región. Hace poco encontramos dos centros, uno en Valparaíso y otro en la región del Maule, pero los dos tienen los cupos llenos. Para colmo, la alerta sanitaria tampoco ayuda; tenemos los centros de salud mental completamente colapsados”.

Mientras tanto las denuncias contra Jenny se siguen acumulando. En el municipio de Calama, han llegado reclamos por violación a la moral y a las buenas costumbres, además de quejas por agresiones físicas e insultos verbales. Los vecinos del sector afirman haberla visto entre las calles Vargas y Granaderos, en el centro, deambulando por el barrio desnuda o gritando: “¿Quién sabe dónde está mi hijo?”.

En una noche fría de diciembre, en medio de una ruta calle de Hogar de Cristo, que atiende con comida caliente, abrigo y sobre todo conversación a los más excluidos. Leonel Rodríguez, jefe de operación social de la organización del padre Hurtado, conoció a Jenny, una joven distante que no se acercó a los voluntarios que le ofrecían ayuda. “Existe una feminización de la pobreza, hace 10 años, sólo el 5 por ciento de las personas en situación de calle eran mujeres, ahora, esa cifra se ha cuadruplicado; el 20 por ciento del total de la gente en calle en Calama, son mujeres abandonadas”.

En Chile, más de 19 mil personas con discapacidad mental viven en contextos de pobreza, en su mayoría son mujeres, como Jenny. Sin embargo, el presupuesto que se destina para salud mental en el país no supera el 2,3% del total destinado a salud.

Después de un día lleno de preguntas sobre su hija, Petrona se quiebra. “Estoy con antidepresivos, no puedo dormir, tengo pérdidas de memoria. No ver a la Jenny me terminó enfermando a mí también”.

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