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Familia lleva 42 años buscando un avión extraviado en Parque Nacional Chiloé

En 1972, una aeronave desapareció sin dejar rastro en Chiloé. Los parientes de los tripulantes no han dejado de rastrearla año tras año.

No todas las tragedias aéreas corren la misma suerte. Hay veces que la tristeza de encontrar los cuerpos, o restos de ellos, puede convertirse en una buena noticia.

En otros casos, los peores, ni el avión ni los pasajeros aparecen jamás. Y pasan los años, y los deudos siguen buscando, porfiando contra la cruda evidencia de que sus seres queridos ya no están.

De eso trata precisamente esta historia: la familia chilena que lleva más años buscando los restos de un accidente aéreo.

¿Es posible que un avión con su tripulación desaparezca misteriosamente sin dejar el más mínimo rastro? ¿Puede una familia pasar décadas buscando vestigios de una aeronave supuestamente siniestrada? ¿Es la fuerza de la costumbre capaz de vencer toda adversidad y llevar a un hijo y su familia a no claudicar y agotar todas las instancias posibles para esclarecer una tragedia aérea hasta ahora sin precedentes?

Estas interrogantes, que bien pueden haber sido tomadas de un guión cinematográfico hollywoodense, son parte del manto de dudas que envuelve una de las historias más trágicas y enigmáticas que han golpeado a la aeronáutica civil de la aislada provincia de Chiloé.

Los registros dan cuenta de que el 26 de febrero de 1970, una avioneta Cessna 172, piloteada por el joven Francisco Díaz Oyarzo, de 25 años -quien iba acompañado del entonces reconocido empresario ancuditano Julio Kompatzki Hörneckel (48) y del estudiante de medicina Luis Guerrero Moena (21)-, desapareció en medio de unas tenues nubes, mientras sobrevolaba la conocida Huella de Abtao, en las inmediaciones del gigantesco y frondoso Parque Nacional Chiloé.

La nave, que emprendió el vuelo desde el aeródromo de Castro con destino al sector de San Pedro, el corazón del área protegida, se “evaporó” sin dejar señales ni pistas, tal como si hubiese surcado el mítico “Triángulo de las Bermudas”.

A más de cuarenta años de la tragedia, el ciclo no se ha cerrado para los familiares de los tripulantes, quienes aún mantienen vivas las esperanzas de hallar los restos de la nave y de sus malogrados ocupantes.

Asimismo, la comunidad isleña conserva en la retina los episodios previos a la tragedia y a sus protagonistas: Julio Kompatzki, Francisco Díaz y Luis Guerrero Moena.

A pesar de la seguidilla de infortunios, los amigos y miembros de la familia Kompatzki jamás se han rendido y, cada verano, cuando los recursos económicos y la salud lo permiten, organizan exhaustivas expediciones al interior del Parque Nacional Chiloé, con la esperanza de encontrar algún indicio que les ayude a armar el puzzle en torno a lo que ocurrió en esa fría tarde del 26 de febrero de 1970.

La historia cuenta que durante aquella jornada, el piloto civil Francisco Díaz tenía por misión llevar al empresario Julio Kompatzki a dejar pertrechos a una delegación de diez estudiantes universitarios que se encontraba de travesía hacia la playa de Cucao, en las proximidades del Parque Nacional Chiloé.

En el grupo se encontraba el hijo del empresario, Hernán Kompatzki Moreno, quien aún recuerda el momento en que vio por última vez sobrevolar la avioneta en la que iba su padre.

“Pasado el mediodía divisamos la nave que se aproximó adonde estábamos todos… Luego volvió a empinarse y siguió su vuelo hasta perderse en medio de las nubes”, recuerda, algo emocionado, el menor de los Kompatzki.

El hijo del malogrado empresario sostuvo que la ayuda no tardó una vez que se dio la alerta de la tragedia. Un masivo despliegue se activó para iniciar la búsqueda al interior del parque. Patrullas terrestres integradas por vecinos y lugareños del sector, amigos de la familia Kompatzki y unos quince pilotos de toda la región, iniciaron la afligida búsqueda.

“Se organizaron decenas de patrullas por todos los sectores accesibles al parque. Buscamos desde el aire, en el mar y en tierra. Nos adentramos al corazón de la reserva natural, pero lamentablemente no hallamos nada, ningún indicio, pistas, ni rastros del avión”, recuerda Julio Kompatzki, el mayor de los hermanos, quien -por esas cosas del destino- fue “bajado” a última hora del vuelo, ya que su padre determinó cederle su puesto al estudiante universitario Luis Guerrero.

El enquistado deseo de dar con alguna pista ha llevado a que la familia del empresario planifique cada verano un operativo de búsqueda en la zona. Con avisos en las radios locales invitaban a los pobladores y amigos a sumarse a estas expediciones que tenían por finalidad recorrer los senderos y las áreas de difícil acceso.

“Cuando la salud y los recursos económicos lo permiten, formamos patrullas y nos vamos en busca del esquivo avión”, sostiene el hijo del empresario. Julio Kompatzki Moreno cuenta que uno de los últimos datos que recibieron provino, hace unos tres años, de un pescador que aseguró que en la isla Metalqui había divisado un artefacto que brillaba en la ladera de un cerro.

De inmediato -cuenta- se activó un operativo de búsqueda en una lancha que zarpó del sector de Duatao rumbo a Metalqui, en busca de tan esperada pista. Desafortunadamente, cuando llegaron al sector no encontraron ningún rastro del supuesto artefacto, desvaneciendo una vez más toda esperanza.

Medardo Urbina, médico de profesión y uno de los expedicionarios de la triste travesía de 1970, se inspiró en uno de los capítulos más tristes de la aviación civil de Chiloé para escribir un libro que narra esta tragedia y algunas peripecias que se vivieron para dar con la tripulación del Cessna 172. El profesional plasmó su experiencia junto a un amplio abanico de historias de compañeros de búsqueda en su libro “La huella del Abtao”, que narra la enigmática desaparición del avión y los posteriores años de infructuoso rastreo.

Kompatzki Moreno, junto con valorar el trabajo de Urbina, pone hincapié en lo dolorosas que se han tornado para toda su familia las labores de rastreo, en la incansable lucha por encontrar algún vestigio de aquel fatídico vuelo.

“Los recuerdos de mi padre y de la tragedia siguen frescos. Pese a que han transcurrido más de 40 años, la esperanza de encontrar algún rastro que nos permita finalmente saber qué ocurrió ese día no se desvanecen. Comprendemos el dolor de las familias que han perdido a sus seres queridos en los últimos accidentes aéreos registrados en esta zona… ellos han encontrado vestigios de los aviones siniestrados, por lo doloroso que sea, han encontrado restos humanos y de las aeronaves accidentadas, lo que da conformidad y consuelo”, indica Hernán Kompatzki.

“Yo y mi familia no tenemos certeza de nada, no hay prueba de nada… Lo único claro es que el avión desapareció. Por eso no bajamos los brazos y sigo confiando que algún día vamos a encontrar alguna señal que nos permita cerrar este doloroso y, hasta ahora, perpetuo capítulo”, concluye, emocionado.

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