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El hombre que se hizo 82 tatuajes de Julia Roberts ya no la ama

Cinthia Matus

Hace un año Miljenko Parcerisas, estaba enamorado la actriz, pero todo cambió. Esta es la dura historia de un chileno que dejó de querer a Julia Roberts. "Esa mujer no es linda", dice ahora.

Miljenko Parcerisas, el hombre que en marzo de 2011 se hizo conocido por amar a Julia Roberts y por tatuarse todo el cuerpo con su cara, nunca supo que el diario británico “The Sun” lo tuvo un día entero en su portal, que todo Chile lo estuvo mirando en los kioskos, que en televisión los faranduleros hablaban de él y que en Twitter, la red social de los 140 caracteres, fue Trending Topic por dos días.

Miljenko, que ahora hablará con el suplemento El Rayo, de La Estrella de Valparaíso, nunca cachó nada y lo que es peor, nunca se dio cuenta que conocer a la actriz norteamericana que hizo el papel de “Mujer Bonita”, era sólo un sueño húmedo, de esos que duran poco, pero que se recuerdan todo el día.

Mientras tomo un café, lo veo venir desde la clásica plaza Sotomayor de Valparaíso. Tiene la mollera mojada por una ligera llovizna que empapa las calles y pienso que bajo su vestón, su jersey azul y su camisa de abuelo, hay unas 82 escenas de Erin Brockovich. Tomo un sorbo y sigo con el pensamiento: Bajo el pantalón, a unos 80 centímetros de su sexo tiritón, hay una Roberts media rojiza, la última que se hizo y que le mostró a unas dueñas de casa en la plaza Victoria. Me río y digo en voz alta: nunca los conté, pero siempre le creí a Miljenko. Son 83 Roberts y ya está.

Caminemos

Es la séptima vez que me lo topo -nos conocimos de casualidad y no tiene celular- y me pregunta cómo estoy. Le digo que bien y se mete las manos a los bolsillos para empezar a caminar. Su perfume es una mezcla de colonia inglesa con povidona.

¿Para dónde ibas, Miljenko?, le consulto mientras pasamos por fuera de una tienda de productos made in China. “Para el hospital de allá”, me responde como apuntando al Van Buren, que está muy lejos desde donde estamos.

Silencio. Quiero preguntarle por la Roberts, pero no me atrevo. Mientras tanto, pienso que su aspecto ha cambiado desde la última vez que hablamos: está afeitado, su chaqueta está impeque y los bototos ya no tienen las manchas de cemento, sólo unas de color cobre.

¿Todavía siguen los ataques epilépticos?, le pregunto preocupada. “Sí y ahora voy a buscar unos remedios”, me comenta con su voz ronca.

Desde que era niño, Miljenko sufre de epilepsia, una maldita enfermedad que en una ocasión le hizo tirarse al suelo, botar espuma por la boca y dejar un montón de periódicos tirados cerca del Ripley. Heavy. “Por eso quiero ir a Estados Unidos”, me confiesa con una sonrisa.

- ¿Por la epilepsia? - pregunto.

- Sí, porque los gringos me sanarían.

- Pero, ¿no querías viajar allá para conocer a la Julia Roberts? - le recuerdo sin aguantar más.

El hombre de padres yugoslavos se para en seco y me mira enojado frente a un kiosko de la calle Condell. Me da miedo porque nunca se enoja y en tono firme me deja en jaque: “Julia Roberts, Julia Roberts... esa mujer no es linda”.

Miljenko está como poseído, raro. Es como si otro estuviera dentro de él hablándome. Se supone que los 83 tatuajes que tiene en el cuerpo, con la cara y silueta de la actriz que trató de instaurar el lema “comer, rezar y amar”, son porque estaba enamorado de ella.

- Me tengo que sanar y para eso necesito una visa para poder viajar a Estados Unidos. ¿Tú tienes? y esa mujer... no sé - dice diabólico.

- ¿Ya no te gusta?

- Yo quiero sanarme y tener una visa para ir a Estados Unidos. Yo voy al hospital.

¿Un plan?

No entiendo nada. Las seis veces que he hablado con Miljenko, me había dicho una y otra vez que amaba a Julia Roberts como a ninguna y ahora, da la impresión de que todo se ha tratado de un plan conspirativo para decirle chao a la epilepsia.

- Miljenko, el mundo te conoció como el eterno enamorado de Julia Roberts, como su admirador number one... ¿me estás insinuando que sólo te la tatuaste para obtener una operación? -le digo tratando de hacerlo recapacitar.

- Los tatuajes tienen que ser sólo de la película “Erin Brockovich”, porque esa película la hizo mi familia, los Parcerisas. Julia Roberts sale ahí hermosa.

- Pero cómo, hace un rato me dijiste que no es linda.

- Tú no, Julia. La otra Julia, la de Estados Unidos.

Una señora que está cerca del kiosko, me mira y se ríe. Me hace un gesto de que a Miljenko le faltan palitos pa’l puente y se nos acerca. “Pero cómo, caballero, si usted le dijo a todos que estaba enamorado de esa actriz y se tatuó entero y ahora sale con que no”, le enrostró apuntándole el pecho.

Miljenko no le dice nada y sigue caminando. Lo sigo.

- Pensé que tus gustos seguían igual, Miljenko.

- Está muy flaca.

- ¿Quién? ¿la Roberts?

- Mmm...

- ¿Cómo te gustan las mujeres, entonces?

- Así - me señala un póster de una película erótica del cine Central.

- ¿Pechugonas?

- Como la Julia.

Contradicción total.

- A ver, Miljenko, recapitulemos. ¿Tú amas a Julia Roberts o... te has hecho los tatuajes sólo para captar su atención y así poder ir a Estados Unidos a operarte?

- Tanta basura aquí. Allá está la Julia.

- Miljenko, la señora que barre más bien se parece a la señora que inspiró a Chico_Trujillo. Dime la verdad...

- Me haría otro tatuaje, pero no tengo plata.

- ¿Y qué hay de eso que me dijiste una vez que si tuvieras una hija le pondrías Julia?

- No tengo hijos, eso se hace viendo eso - me responde haciendo alusión al póster porno que ha quedado atrás.

- Miljenko, has cambiado, antes eras...

- Me dijeron que iba a conocer a esa mujer, pero me dieron mil pesos. ¿Para dónde vas?

- A ningún lado.

- Yo voy al hospital.

Seguimos caminando hasta llegar a la plaza Victoria y Miljenko estira el brazo apuntando una banca. Los artesanos que venden pipas me miran y me saludan. Buena onda. Nos sentamos.

- Nunca pensé que ibas a decir estas cosas... tú siempre tan embobado con la gringa y ahora haciéndole asco. Yo sé que un tal Cacho Améndola te prometió conocerla y que al final nunca fue. Que te gustaba ir a ver...

- Cacho, cachita, jajajaja

- Miljenko, estás cachondo. Esta faceta no te la conocía.

Silencio. De repente, el viejo se para y se empieza a sacar la chaqueta.

- Miljenko, ¿qué onda?, no, no te saques la ropa, está helado, está lloviznando...

Los artesanos me levantan el dedo pulgar y gritan algo como “¡ejalé!”

- Ya poh’, Miljenko, te vai’ a resfriar... me tengo que ir. Yo me arranqué para verte un ratito no más, salí así no más, sin plata, tengo que devolverme a pie.

Ya va en el jersey, pero tirita y se vuelve a poner el vestón. Ahora se sube las mangas.

- Julia - señala apuntando a la señora del carrito. Luego dirige el dedo a un tatuaje. Mira, si es linda la mujer, lindos hijos...

- ¿Ah?

- Ésta es la que más me gusta.

- Miljenko, es la más deformada... parece como si tuviera setenta años...

- ¿Y tú? ¿para dónde vas?, yo voy al hospital.

- ...

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