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Javier Aravena: “Las canciones tienen que seguir siendo una herramienta de lucha discursiva”

El músico y fundador de La Rata Bluesera celebra los 20 años de su banda y de paso revisa los principales hitos de su rol como artista y creador.

Javier Aravena pudo ser futbolista. Al menos, así lo cree él. Dice que de niño tenía talento para la pelota y que de haber seguido por esa senda, lo más seguro es que habría terminado integrando algún club. Pero a los 11 años de edad, la música se cruzó en su camino. Tuvo un grave accidente, tras el cual debió comenzar una larga terapia para recuperar la movilidad y la motricidad fina. Y lo hizo tocando guitarra.

Ese primer instrumento se lo compró su mamá en la cárcel y lo acompañó en los años venideros de su educación básica y media, hasta que llegó el momento de optar por una carrera universitaria. Cursó tres años de pedagogía en música en la Uach y se retiró por sentir que estaba dentro de un recinto militar, más que en un lugar para promover el arte.

Para aquel entonces aún recordaba la sugerencia recibida de su amigo escritor Andrés Anwandter, quien le dijo que debería unir sus dos pasiones: la poesía y la música, tal y como Bob Dylan lo había hecho.

Javier Aravena nació en Paillaco en 1971. Es el fundador de La Rata Bluesera, una de las bandas más longevas de la escena local y con una presencia nacional e internacional lograda a pulso en 20 años de trayectoria. Desde 2000 a la fecha, el músico ha liderado cuatro formaciones distintas del grupo y ha editado cinco discos. El sexto se llama “Agua” y llegará en el transcurso de 2020, año destinado a celebrar las dos décadas de blues en castellano hecho desde Valdivia.

Entre los hitos de la banda se cuentan ser el elenco oficial para las giras en Chile del célebre Don Vilanova/Botafogo y haber teloneado a Eric Clapton en 2011, frente a 15 mil espectadores. Por magnánima que parezca, Aravena prefiere no jactarse de aquella hazaña de haber abierto un show para “slow hand”. Pero está orgulloso, porque significó un espaldarazo tal vez comparado como el que recibió el argentino Pappo cuando tocó con BB King en el Madison Square Garden de Nueva York, en 1993.

-¿Cómo ha cambiado la percepción del blues en Chile en comparación a otros estilos?

Hace diez años era el pariente pobre. Era visto de manera despectiva, por la simpleza de sus acordes y porque básicamente cualquiera lo puede tocar. Sin embargo, el blues implica otro tipo de conexiones, no lo puedes poner en una partitura, tiene que ver con una sensación espiritual. Actualmente siento que el blues en Chile se respeta y nosotros también nos estamos haciendo cargo de eso al seguir haciendo música durante tanto tiempo.

Cuando comenzó, la banda era un pasatiempo de cuatro músicos amigos. Se juntaban a ensayar y al poco tiempo comenzaron a tocar en bares sin tener un nombre para publicitarse. “Hasta que nos lo pidieron. Al principio decíamos que nos llamaran solamente ‘Blues’, después se nos ocurrió ‘Maldita rata bluesera’, pero parecía algo muy exagerado, así que solamente quedó como ‘La rata bluesera’. Fue un nombre para salir del paso y a fin de cuentas nos lo quedamos y nos ha servido para referenciar, en cierta forma, lo que implica hacer blues, que es algo como subterráneo, que no aspira a lo comercial”, dice Aravena. Y agrega: “Lo simpático es que actualmente los niños creen que es un ratón el que canta y eso es muy curioso”.

-La banda no aparece en el arte de ninguno de los discos. ¿Qué mensaje hay detrás de eso?

La música es la protagonista, ella es la que manda, más que nosotros como artistas.

La Rata Bluesera grabó su primer disco en 2006. Es un homónimo registrado en el Teatro Municipal Lord Cochrane. De ese repertorio destaca “Santa Lucía”, por lejos uno de los temas más populares del grupo que 18 años más tarde decidió reversionar de manera sinfónica con la Orquesta Filarmónica de Los Ríos.

“Tuvimos la gran oportunidad de armar un espectáculo con la ayuda de muchas personas y que también terminó siendo el resultado de seis años de ensayos y conciertos. De ahí en adelante nuestro trabajo discográfico comenzó a ser más orgánico, o sea nunca nos hemos planteado la presión de sacar todos los años algo nuevo”.

Ello explica entonces que las obras posteriores llegaran con distancias diferentes: “Disco de errores” (2009), “Patas negras” (2012, con Don Vilanova/Botafogo), “Valdivia” (2012) y “El viaje” (2016, homenaje a Schwenke y Nilo).

Javier Aravena asegura que hay al menos 100 canciones que no se han grabado y eso abre la opción de un trabajo que a futuro podría tomar distintas corrientes:. “Tenemos muchas ideas, como por ejemplo hacer un disco de armónica o para niños. Pronto también lanzaremos un EP en homenaje a Víctor Jara”.

-Por qué nunca antes se había hecho un tributo a Schwenke y Nilo desde cualquier otro estilo musical?

Tal vez porque muchas veces en la música, las cosas se hacen calculando la llegada con el público y eso lleva a que nos olvidemos de quienes somos. ‘El viaje’ nació de una necesidad personal de redescubrir un repertorio muy potente, que sigue vigente en la actualidad. Esas canciones fueron olvidadas porque nos dolían, porque nos hacían mirarnos. Nosotros nunca nos hemos mareado con el éxito o con todo lo que hemos conseguido en términos de posicionamiento. Podemos tocar para 15 mil personas o solamente para dos y eso no cambia el hecho de que siempre tiene que ser de la manera más profesional posible.

- Hay algún disco de su banda que no le guste como quedó?

La verdad es que todos me gustan y es porque responden a circunstancias particulares. Por ejemplo, el debut pudo ser mejor grabado, pero siento que esa es la gracia. ‘Disco de errores’ fue súper producido, pero es el que menos le gusta a la gente. ‘Patas negras’ lo hicimos en un solo día. ‘Valdivia’ lo hicimos en el Aula Magna Uach en vivo. Aunque cada uno tiene su propia dimensión, comparten el hecho de que al hacerlos pasamos pellejerías. Nosotros trabajamos desde el entusiasmo y sacamos las cosas adelante como sea, haciéndonos cargo de todo, incluso de las deudas.

-¿Transmitir esa pasión fue una de las motivaciones para crear el sello Misisipi?

El sello lo inauguramos en 2012, como una forma de identificar lo que veníamos haciendo desde antes. También tiene que ver con separar todas las ocupaciones que implica hacer un disco apuntando siempre hacia la independencia. Gracias a ello es que tenemos un contrato con el sello español Altafonte de distribución de música, marketing y tecnología.

Recientemente, el Senado aprobó la Ley del Telonero que apunta a que sean chilenos los que abran los espectáculos de músicos extranjeros, junto con promover la participación de artistas regionales y limitar la preventa de entradas. ¿Pero es un aporte real al sector?

Aravena, responde: “El tema de fondo no es telonear o no a otros gracias a un ley. Lo que realmente debería hacerse es generar las condiciones óptimas para que los artistas puedan desempeñar sus actividades con tranquilidad. Tener garantías en otras urgencias es lo realmente importante, como también que la gente te quiera, te respete y te apoye.

-¿Cómo se puede avanzar en el tema?

Tras el estallido social, los trabajadores y las trabajadoras de la música nos unimos. Considerando esa base es que estamos pensando en formar un sindicato y a la vez una federación a nivel nacional. La meta es que para cuando se esté pensando en hacer nuevas leyes como la del Telonero, no se le pregunte solamente a la SCD, sino que a nosotros. Con un sindicato vamos a luchar por los derechos sociales y laborales. Siento que una de las principales conclusiones de mis 20 años en la música es precisamente ver más allá de la música, asumirme como un colaborador social y salirme de la individualidad que muchas veces conlleva esta actividad.

-¿Al tener 20 años de trayectoria, con qué cosas sigue sin transar?

Jamás tocaría para ciertas marcas o empresas, por lo que ellas implican en la sociedad. Tampoco transo con las canciones. Siento que tienen que seguir siendo una herramienta de lucha estética y también discursiva. Cuando un músico hace un disco solo para vender, mejor que se dedique a otra cosa. Hay que sacarse esa idea de la cabeza, que lamentablemente mueve el quehacer de muchos.

Cuando Javier Aravena comenzó a tocar blues, no sabía que era blues. Lo descubrió en la interpretación e investigando las trayectorias de grandes ídolos de todos los tiempos y cómo ellos habían formado a nuevas generaciones.

Algo parecido es lo que pretende desde su rol de tallerista:que los jóvenes descubran, entiendan y aprecien la música. Hace tres años que trabaja en esta labor en el Liceo Santa María La Blanca.

-¿En cierta forma busca cambiar aquello que no le gustó cuando estudió música?

El sistema educacional en Chile está podrido y los artistas no tienen cabida. Siento que hay mucho temor de incluirnos en esos procesos, pero también los músicos tenemos que hacernos cargo de eso. O sea, hemos identificado que hay una necesidad, entonces por qué no ponernos a disposición. Camilo Eque, Daniel Guerrero y Alexcy Cárdenas son solo algunos de nuestros creadores, a los que creo no se les ha sacado el provecho suficiente en beneficio de los escolares. Hay muchos jóvenes que nos ven como ejemplo y eso es gratificante. A nosotros nos corresponde responder de buena forma a eso, porque es algo maravilloso.
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