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Ricardo Mendoza, ex director del Museo de Sitio Castillo de Niebla: “Todos nuestros logros fueron gracias al trabajo de un gran equipo de personas”

Tras 25 años a la cabeza del histórico recinto, el profesor de artes plásticas y creador de Ediciones Kultrún aborda los hitos de su labor.

Tal vez no fue la mejor opción, pero al principio Ricardo Mendoza tuvo que usar su jeep Rocsta como oficina. Era un petrolero coreano de aspecto militar en el que trasladaba diversos documentos y sobre el que se movía para cumplir con las obligaciones de su nuevo trabajo.

Es que cuando asumió como director del Museo de Sitio Castillo de Niebla, no había un edificio para labores administrativas. En realidad no había nada:el recinto estaba abierto a la comunidad sin ningún tipo de restricción, ni guía para entender su real valor patrimonial. “Fue muy distinto a como cuando uno llegar a una institución con un camino recorrido. Acá tuvimos que partir de cero”, dice sobre la labor ejerció por 25 años.

Mendoza es profesor de Estado en Artes Plásticas por la Universidad de Chile sede Ñuble. Fue académico de la Uach entre mayo de 1977 y enero de 1983;y desde 1985 trabaja como editor y diseñador en su propio sello Ediciones Kultrún.

El museo es Monumento Nacional desde 1950 y en su momento la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (actual Servicio Nacional del Patrimonio Cultural) asumió su administración. A principios de la década de 1990 se realizaron las primeras inversiones en mejoramiento de la infraestructura, dando paso al inicio de un plan de gestión que partió con definir a quien dirigiría el proceso.

Para aquel entonces Juan Carlos Olivares era el director del Museo de Ancud y quien se encargó de tener un primer acercamiento con Mendoza para ver su interés por el cargo en Niebla. “Había dejado de hacer clases, estaba con planes de dedicarme solamente al diseño editorial cuando me contactaron. A Juan Carlos le habían encomendado buscar un posible candidato como director. Él hizo el vínculo con Dibam, desde donde me llamaron después para concretar el ofrecimiento”, explica. Esa vez, al otro lado del teléfono estaba Antonia Echenique, subdirectora nacional de museos, quien fue directo al grano:“Si aun le interesa el cargo, prepare sus papeles y nos vemos en Valdivia”.

-¿Qué grado de conocimiento sobre administrar museos tenía al momento de aceptar el trabajo?

Prácticamente ninguno. Pasé de un rato para otro de ser asiduo visitante de museos, a ser responsable de uno, teniendo que aprender muchas cosas sobre la marcha. Partimos en medio de una gran carencia infraestructural. Solamente estaba el monumento, se había construido la Casa del Castellano y había una exposición de museografía hecha muy a la rápida, como para tener algo para el público. Más que plantearnos un ‘gran proyecto’, lo que hicimos al comienzo fue consolidar y resolver los temas de espacios de uso público.

La primera urgencia resuelta fue la seguridad con la instalación de 440 metros lineales de rejas en aquellas zonas de riesgo de accidentes por caídas. Ello también sirvió como señal pública de un cambio en el recinto que alguna vez incluso sirvió para llevar a pastar caballos.

los avances

Bajo la administración de Ricardo Mendoza, el museo de sitio sumó diversos hitos: el cierre de la batería de cañones, la gratuidad de acceso (antes se cobraba $600), la restauración gracias al Plan Nacional de Mejoramiento Integral de Museos;y el haber logrado un récord nacional de visitas en 2012, con 162.069 personas.

-¿De qué forma cree que cambió el comportamiento de las personas en relación al recinto una vez que tuvo una administración formal?

En general ha sido aprobatoria. Lo primero que se hizo notar fue el ordenamiento general del paisaje, más un equipo de personas responsables de la seguridad. Una vez que abrimos la museografía también hubo una relación mucho más amable con el lugar, al poder presentar datos de manera más atractiva para las personas.

-Cuando cerraron el acceso a los cañones en 2004 hubo controversia. ¿Fue la mejor decisión?

Mucha gente reclamó porque ya no podía disfrutar libremente del monumento. Sin embargo, se estaba generando pérdida de suelo cultural de hasta un metro;y el socavamiento de la base del acantilado, justo por debajo de la batería. El cierre fue la mejor decisión por la seguridad de los usuarios y del recinto. Incluso fue algo que debimos haber hecho mucho antes.

-¿Imaginó alguna vez que el museo iba a terminar como actualmente se le conoce?

Alguna vez, cuando comenzamos a darnos cuenta de la fragilidad de la cancagua, proyectamos la necesidad de una protección mayor. Desde ese momento las pasarelas nos parecían una solución adecuada, incluso si hubiesen sido de madera porque sugiere un falso histórico, pero era algo completamente inviable por el alto costo y el crimen ecológico que habría significado usar ese material. En una primera instancia también se pensó en la pertinencia de intervenir solamente las partes bajas, sin embargo, desde lo alto terminamos generando una vista privilegiada de todo el castillo.

-¿Todos los cambios surgieron de determinaciones locales o hubo sugerencias del nivel central?

Siempre hubo procesos participativos tanto en Valdivia como en Niebla. La museografía responde a muchas opiniones que recogimos, como también el levantamiento de ciertas estructuras. Históricamente trabajamos con presupuestos que parecen elevados, pero que son acotados para lo que se debe conservar en comparación a otros museos de Chile. Nuestra labor también estuvo marcada por cambios radicales que hubo al interior de la Dibam y su modernización.

-¿Después de 25 años en el cargo, cuál es su perspectiva de los museos que dependen del servicio?

La realidad de la década de 1990 en comparación con la actualidad, es radicalmente diferente y eso se expresa en la cantidad de visitas. Los museos del servicio deben estar recibiendo por sobre los dos millones de personas.

-¿Está conforme con lo hecho en su administración?

Nada de lo ocurrido en el Castillo de Niebla es una obra personal. Todos nuestros logros fueron gracias al trabajo de un gran equipo de personas. Trabajar en la administración del patrimonio genera cambios profundos en las personas, porque no se trata de cualquier tipo de inmueble. Desde mi retiro puedo ver que se ha llegado a un punto de consolidación del museo y que ya está en una posición para comenzar a pensar en áreas completamente distintas.

-¿Cómo cuales?

Hacer más investigaciones sobre el museo. Enfrentar definitivamente temas como por ejemplo la arqueología. Es decir, ahora se está en buen pie para soñar en cosas aún más ambiciosas que antes debieron postergarse por el tiempo natural que toma la consolidación de los procesos.

entre libros

Desde el 10 de diciembre del año pasado, el Museo de Sitio Castillo de Niebla lo dirige Gonzalo Aravena (licenciado en Historia por la Universidad de Chile;y máster y doctor en historia de América Latina por la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla). Hasta la fecha Ricardo Mendoza colabora en la transición del cargo, mientras ocupa su tiempo en labores propias de su editorial.

“Haber estado en el museo fue muy estimulante. Pudimos trabajar en proyectos que a todos nos hicieron crecer de manera personal y profesional. Pudimos pensar y desarrollar rutas temáticas, descubrir los hitos del sector para ofrecerlos a la comunidad de una manera novedosa”, dice. Y agrega:“A la hora de los balances solo puedo pensar en beneficios. Logré desarrollar una visión de la ciudad que no tenía. Trabajar con patrimonio te obliga a mirar al pasado y entender las cosas de manera distinta”.

-¿Cómo ha sido la progresión con Ediciones Kultrún en la creación de un catálogo propio?

La editorial ha sido algo que siempre me ha mantenido ocupado, algo que me sigue dando muchas satisfacciones. El año pasado sacamos doce libros. Ahora tengo cuatro en imprenta y estoy trabajando en otros dos más. Entre medio haré un viaje para trabajar en otro título. Osea es muy demandante. El máximo histórico es haber publicado alguna vez dieciséis en un año.

-¿Entonces no piensa en jubilarse de todas sus actividades?

Para nada. No tengo idea lo que es eso. La editorial siempre ha sido darme un gusto personal, porque también me he formado en la profesión del diseño y el trabajo con textos de distintos autores. Pía Barrios, de Ediciones Asterión, una vez me comentó medio en broma que somos los únicos dinosaurios que quedamos en este trabajo desde la década de 1980.

-¿Sigue volviendo al museo?

Efectivamente. Ya no estoy vinculado a la institución, sin embargo, cualquier cosa que se me pida, con mucho gusto estoy dispuesto a ayudar.
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